Diario - Historia de peluquería



-Buenas, ¿cómo están?

-Hola, bien ¿y usted?

-Ah bien, era para ver si me podían dar una citica para mañana con Johana, que con este pelero vengo ya por urgencias. 

-Claro, pero Johana ya va a terminar...

-¿Ah sí? Ah bueno, dale, mejor todavía, pa´salir de esto de una vez. Pensé que como ya son las 5:30 no deban más turnos, pero de una, yo la espero.

-No, no tranquilo, bien pueda siéntese.

Le hago caso a la jefa de la peluquería, que de seguro tendrá un nombre en la misma línea de Ruth, Esther, Enith o cualquier otro con T-H, y me siento al lado de una señora muy pinchada que mira quién sabe a dónde detrás de sus grandes gafas oscuras. Está sentada como un postrecito, como un tiramisú exactamente: la espalda erguida, la barbilla inclinada hacia arriba y con el aire soberbio de todos los tiramisú del mundo. Ahora me fijo en Johana, la peluquera que siempre elijo porque me echa los perros cada vez que voy, y eso tiene su encanto. Está al fondo del local, motilando a un señor de unos sesenta años, que tiene cara de niño bueno, como  todos los recién motilados. El cepillo blanco golpea tiernamente su espalda y su cuello, desapareciendo a su paso los minipelos urticantes. El señor se dispone a pararse y en ese momento el tiramisú, que es su acompañante, pregunta fuertemente: 

-¿Y las cejas? ¿Ya le cortó las cejas? 

Johana, más que embalada, le responde: 

-Es que él me dijo que no se las cortara. 

Pasan alrededor de dos segundos de esos que evocan la eternidad, hasta que el tiramisú vuelve al ataque: 

-No, pues cómo se va a ir sin cortarse las cejas. Córteselas.

Johana, el triple de embalada, mira al señor sin saber qué hacer.

Y el señor, en nombre de todos los hombres, pierde el impulso que lo llevaría hacia su propia libertad y decide tumbarse de nuevo en la silla. Mete su mano por debajo de la carpa de circo que lleva amarrada al cuello, se desata un poco el nudo y pone en su garganta, en esa manzana de Adán cubierta por una gasa blanca, un aparato que lo primero que me evoca es una grabadora de periodista, (pero cuyo nombre verdadero es laringófono) y el cual me deja consternado cuando, desde él, en voz robótica, salen las palabras que el señor no puede decir: 

-Cuando trato de independizarme no puedo.

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